Análisis sobre "Los Mártires"
“Los Mártires” se publicó por primera vez, por partes, en 1842, en El Liceo Venezolano, órgano periodístico de la institución científico-cultural del mismo nombre, fundada el año anterior, de la que Toro llegaría a ser destacado colaborador.
La más evidente singularidad de Los mártires reside en su marco escénico: contra toda previsión la acción de la novela transcurre en la Inglaterra de la primera mitad del diecinueve, hecho que, aunque explicable desde una perspectiva biográfica, tal vez consienta otras interpretaciones.
Se trata, en rigor, de determinar el sentido de una obra que, transcurriendo en Inglaterra, conserva las características comunes que distinguen a la producción novelística del período, aún cuando, paradojalmente, estas características (en virtud justamente de aquel escenario) parezcan convertirla en lo opuesto a la norma.
Es sabido que en la concepción romántica hispanoamericana la función de la literatura se define como función social: la de “ilustrar al pueblo, combatiendo sus vicios y fomentando sus virtudes”, denunciando las desviaciones del régimen político prevaleciente o los residuos del antiguo sistema colonial, contribuyendo al perfeccionamiento de la vida política, asumiendo, en suma, una tarea “civilizadora”.
Al ejercer su denuncia no sobre su sociedad nacional sino sobre una que, como la inglesa, aparece para buena parte de sus contemporáneos como paradigmática (frases como “un país sin ingleses es como un bosque sin pájaros “, o “la libertad es como una locomotora, sólo puede ser manejada por maquinistas ingleses” son moneda corriente entre los románticos americanos).
Toro no sólo difiere diametralmente de la mayoría de los hombres de letras de su época, sino que ofrece un texto que permite iluminar las condiciones sociales de la Venezuela de esos años.
La obra comienza, justamente, con una serie de escenas destinadas a iluminar la contradicción entre una sociedad aparentemente opulenta y feliz y la miseria que se oculta en ella; entre un sistema superficialmente perfecto y las lacras que esconde.
A partir de allí, la historia que se ofrece al lector se endereza a mostrar, a través de las trágicas peripecias de los personajes, una serie de espacios que se ordenan en los términos antitéticos expuestos.
En una primera instancia pareciera que “Los Mártires” fueron inspirados por autores románticos franceses como Chateaubriand y Víctor Hugo, representa un reflejo más o menos somero acerca de la realidad del país en la década en la cual es escrita. Por el simple hecho de que su nombre hace alguna referencia a la inmortal obra de Víctor Hugo “Los Miserables” no puede desligarse del contexto en el cual nace: el seno de una sociedad venezolana golpeada por el yugo español y gobernada por autoridades que hacían a un lado las verdaderas necesidades del pueblo “disfrazando” la realidad con un “haz de fantasía”.
Las obras literarias son escritas con diversos fines y diversos temas; bien sea de amor, de tragedia, de historia. Algunas cuentan la historia de un país dentro de otra historia que arma el autor para así no dar a conocer directamente sus sentimientos. A éstas se les llaman novelas intrahistóricas. “Los Mártires” no posee ninguna de las dos características puesto a que no se cuenta un hecho histórico ni tampoco puede verificarse si la historia que cuenta el personaje dentro del relato de Fermín Toro es real.
“Los mártires” puede analizarse desde un punto de vista sociológico pues el tema principal se ve enmarcado por la problemática social. Puede evidenciarse entonces, en la novela la lucha de dos clases sociales diferentes: una, representada por la nobleza y el poder y la otra por la pobreza y la miseria. Así pues se observa cómo “Los mártires” es una novela de importancia para la sociedad, debido a que, justificando lo que se dijo anteriormente, es una obra netamente social y por tanto puede mover el sentimiento y la curiosidad en el lector venezolano, quien sin duda alguna puede sentirse identificado con la situación planteada en la historia.
“Los mártires” es una novela que por su temática se caracteriza por pertenecer a la corriente romántica hispanoamericana, la cual concebía la literatura como un instrumento social a través del cual se podía expresar los problemas sociales y económicos de una sociedad.
Una de las características del pensamiento de Fermín Toro es su franco intento de caracterización de la naturaleza humana como elemento fundamental de toda reflexión filosófica posterior. Es decir, Fermín Toro se conecta plenamente con el pensamiento moderno cuando estima que la comprensión de la moralidad, de la eticidad y de las relaciones sociales en general pasa por la determinación previa de los rasgos constitutivos de lo humano. En el caso concreto del autor, se pueden distinguir, además, elementos típicamente naturalistas que signan de manera sustantiva su filosofía moral y su filosofía social.
Es decir, Fermín Toro se esfuerza de modo especial en dar una base a lo moral y a lo ético en conformidad con un trazado previo de la naturaleza humana. Conviene, no obstante, antes de continuar especificar qué se está entendiendo acá por naturalismo, y por ello se están entendiendo “aquellas teorías que sostienen que las condiciones de verdad son la posesión por parte de las acciones, gente, etc., acerca de las cuales se hacen los enunciados morales, de lo que, siguiendo la tradición, llamaré propiedades naturales”14, esto es, propiedades no morales15. Para Toro, semejantes propiedades son las pasiones y los intereses de los individuos; de ahí que para él la sociedad sea el teatro de las pasiones y de los intereses de la humanidad. Cada individuo, desde el más independiente filósofo hasta el más oscuro y abyecto siervo, tiene su propia esfera más o menos limitada de acción, y el asunto crucial de cada uno consiste en resolver en su favor el problema de la conciliación del mayor provecho propio con la mayor aprobación de los demás.
La exigencia fundamental del individuo a la sociedad es, entonces, el doble tributo de beneficio y aprobación. El juego de las pasiones tiene sus propios límites, marcados por la constitución de la naturaleza humana como tal, que al sentirse cercana a la trasgresión de aquellos detiene su avance; así, por ejemplo, la más sedienta avaricia retrocede donde toca con la infamia y el oprobio. Las pasiones se mueven u oscilan, en términos del autor, entre él yo y el no yo. Pasiones e intereses son la base de las relaciones más extensas de la sociedad y su estudio es necesario para la comprensión de lo social.
En este sentido, el gran problema de la sociedad es conservar su triple esencia. No hay nación, ni gobierno, ni la dilación, ni carácter nacional, ni progreso constante y uniforme si no hay unidad. No hay propiedad, ni emulación, ni industrias, ni artes, ni riqueza si no se conserva la independencia individual. No hay verdadera asociación, ni amor a las instituciones, ni fuerza en los poderes públicos ni igualdad racional, ni bienestar, ni contento en la nación si no subsiste la armonía.
Por lo dicho hasta ahora, cabe concluir con una hipótesis interpretativa que permite alcanzar una mejor comprensión de la filosofía social y política de Toro que ha dejado impregnada en “Los Mártires”. En la visión de este autor el ámbito de la sociedad y lo político no es una dimensión autónoma, dotada de una racionalidad propia como si fuera una suerte mecanismo autorregulado que solo puede ser evaluado desde su interior y a la luz de las reglas de juego generadas por él mismo; es la cotidianidad misma, los inmensos obstáculos de la vida que hacen que en ella se den los escenarios de racionalidad y rebeldía que caracterizaban a la sociedad venezolana del siglo XIX.
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